Ali, un campeón en el sentido más amplio -El área de aproximadamente 20 metros cuadrados de los cuadriláteros nunca pareció más pequeña; la palabra boxeo, más corta; el significado de campeón, más restringido. Muhammad Ali fue un hombre que rompió esos y otros muchos esquemas, imposible de definir con el calificativo de estrella del pugilismo profesional o celebridad deportiva, pues supondría obviar sus múltiples logros fuera de los ensogados.

Cassius Marcellus Clay Jr. nació el 17 de enero de 1942, en Louisville, y recibió el mismo nombre de su padre, quien antes lo tomara de un conocido abolicionista y político del siglo XIX. Este vínculo con un pasado de esclavitud en Estados Unidos, irrelevante para muchos de sus contemporáneos de raza negra, sería motivo de rebeldía para el joven Cassius unos años después.

Su victoria en los Juegos Olímpicos Roma 1960, en la división semipesada (+ 81 kg), dio inicio a su leyenda como boxeador y le permitió entrar por la puerta grande en el profesionalismo. Su decisión de lanzar la medalla de oro al río Ohio tras regresar de Italia, después de ser tratado como un ciudadano de segunda clase en un restaurante por el hecho de ser de otro color de piel, marcaría el comienzo de una lucha por los derechos civiles que lo conduciría a la consecución de otros cinturones fuera de los encordados.

Aprovechó como pocos su primera oportunidad de pelear por un título mundial en la categoría de mayor tonelaje en el pugilismo de paga y no fue contra un campeón cualquiera: a Sonny Liston lo acompañaba un hálito de invencibilidad cuando lo enfrentó, que se esfumó en solo 7 asaltos. Sería la última vez que escalaría el ring con el nombre de Cassius Clay; al unirse a la Nación del Islam en 1964, resultado de su estrecha amistad con Malcolm X (su mentor espiritual y político de aquellos años), comenzaría a hacerse llamar Muhammad Ali.

Una racha de 9 defensas consecutivas de su primacía entre los pesados quedaría trunca de la manera más impensada, sin poder calzar los guantes: se negó a ser reclutado por el ejército de Estados Unidos en pleno apogeo de la guerra de Vietnam y el efecto de su desobediencia fueron más de tres calendarios sin licencia para pelear. Otra reafirmación de que el impacto de su pegada traspasaba las fronteras deportivas.

Fue una decisión osada que le costó millones de dólares en ganancias potenciales, el rechazo y las críticas de miles de pseudopatriotas, y el ver pasar con impotencia su período dorado, cuando su talento y habilidades físicas habían alcanzado la completa madurez. Doblemente meritoria fue su intransigencia moral conociendo que aquel llamado de las fuerzas armadas, en su caso, era un proceso puramente simbólico.

Muhammad era un hombre de principios, con grandes valores humanos que puede que algunos no alcanzaran a reconocer desde el inicio por la actitud arrogante que asumía frente a las cámaras de televisión y las ofensas, a veces demasiado hirientes, que le lanzaba a sus rivales para vender las peleas (una estrategia que la mayoría ha admitido con el pasar de los años –y la cólera– que valió la pena, pues fue de beneficio mutuo).

Cuando le permitieron regresar a los ensogados en 1970, aunque ya no llevaba en la cintura la faja de campeón del mundo en las más de 200 libras, había multiplicado su legión de simpatizantes y exhibía un trono mucho más plausible y difícil de conquistar, el de campeón del activismo por los derechos humanos y el movimiento antibélico global.

Sin contar con la impresionante velocidad y reflejos para un hombre con su complexión que lo catapultaron a la cima en los años 60 del siglo XX, Ali volvió a dominar su división en la década del 70 apoyándose en un mentón granítico, a prueba de bala, y una bravura para asumir nuevos retos que otros, en su lugar, hubiesen tildado de actitud suicida (enfrentar al bárbaro George Foreman, el ejemplo más ilustrativo).

Conoció por primera vez la derrota dentro de las dieciséis cuerdas en este retorno, pero, mientras le quedaron facultades atléticas, vengó cada una de ellas –ante Joe Frazier, Ken Norton y Leon Spinks–, y se convirtió en el primer hombre en apoderarse del título de campeón lineal en un trío de ocasiones. En la memoria de sus millones de seguidores estarán siempre grabadas las trifulcas, convertidas en clásicos, que protagonizó con Frazier, Foreman y Norton.

La despedida de los cuadriláteros en julio de 1979 debió ser definitiva. Sin embargo, un púgil excepcional desde el punto de vista intelectual como Muhammad se dejó seducir, al igual que otros tantos, por los cantos de sirena traducidos en cheques millonarios y su excesivo ego. En 1981, tras un segundo intento infructuoso por regresar del retiro después del desastre que supuso medirse a Larry Holmes el almanaque previo, finalmente colgó los guantes, con un récord de 56 victorias (37 antes del límite) y 5 derrotas.

Ya para ese entonces comenzaba a mostrar los primeros síntomas del mal de Parkinson, un padecimiento que le diagnosticarían en 1984 y contra el que luchó hasta el último round.

El deportista más carismático y mundialmente conocido de la pasada centuria continuó vinculado al deporte y a las causas sociales –a través de su fundación– en los años posteriores, viajando y entrevistándose con líderes internacionales en un nuevo desafío a las barreras políticas, ideológicas, religiosas y de toda índole.

En 1996, en un merecido homenaje de su pueblo y las altas esferas de su país, recibió el honor de encender el pebetero olímpico en la ceremonia de apertura de los juegos de Atlanta 1996. Y en fecha tan cercana como julio de 2012, regresó a la magna cita bajo los cinco aros, esa vez escenificada en Londres, para portar la bandera olímpica en el evento inaugural.

Su voz dejó de escucharse en los medios de comunicación como resultado del implacable avance de la enfermedad. Pero una sonrisa suya en público o una broma con un simple gesto bastaban para recordarnos que su agudo sentido del humor seguía vivo y, con seguridad, lo acompañó hasta el final.

Muhammad Ali, apodado El Más Grande, perdió en la noche del 3 de junio su último asalto por el inexorable golpe de nocaut que el tiempo asesta a todo mortal. Pero el hombre que marcó un antes y un después en la historia del boxeo, y del deporte en general, nos lega un ejemplo imperecedero como atleta y como ser humano, e incontables recuerdos audiovisuales que, al repasarlos, nos siguen robando una exclamación de admiración o una carcajada tendida.