No deben ser muchos quienes lo recuerden.
Pero honor a quien honor merece, y el costarricense Luis González y el salvadoreño Ricardo Cañizales, comparten el mérito de haber rivalizado en la primera pelea (división de 48 kilogramos) del ya mítico Primer Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado, que la capital cubana organizó del 17 al 30 de agosto de 1974.
Era yo un niño de 13 años, y todavía no olvido aquel inicial intercambio de golpes del cual fuí testigo sentado en las gradas de la Ciudad Deportiva habanera, con triunfo por puntos para el tico González, quien dominó durante los tres asaltos (de tres minutos cada uno) a su contrincante de El Salvador.
Han pasado 40 años de aquel acontecimiento, inédito hasta entonces en el pugilismo mundial, pues en pleno apogeo del astro estadounidense Mohammed Alí, monarca de los pesos completos en el profesionalismo, el lado amateur del deporte de los puños sólo contaba con un acontecimiento máximo para determinar a sus astros: el torneo olímpico cada cuatro años.
En 1973 se materializó la idea, que había madurado durante algo más de un lustro, de organizar un campeonato de tan elevado nivel como el olímpico, también con período cuatrienal: el llamado Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado, y como primera sede fue escogida La Habana.
Varios factores influyeron en otorgar la sede del torneo a la capital de Cuba, que acogió la competición en el ya citado lapso del caluroso verano caribeño.
Apenas un par de años atrás, la Mayor de las Antillas había dominado la lid boxística de los Juegos Olímpicos de Munich, con trío de títulos (Orlando Martínez en 54 kilos; Emilio Correa, en 67; y Teófilo Stevenson, en más de 81).
La faena cubana en la capital bávara se completó con una plata (Orlando Carrillo, en 81) y un bronce (Douglas Rodríguez, en 51).
Ese buen resultado olímpico, más la promesa de las autoridades cubanas de garantizar óptima organización de un torneo con convocatoria abierta, inclinaron la balanza hacia La Habana, que obtuvo el favor de la Asociación Internacional de Boxeo Amateur (AIBA).
Precisamente la admisión de pugilistas en representación de sus banderas patrias sin que mediara ninguna limitante fue el punto más debatido en la previa del campeonato, y a su vez, el factor que, defendido de manera apasionada por Cuba, le granjeó una mayoritaria simpatía y la favorable votación que le garantizó la sede.
La tentativa defendida por los cubanos se impuso sobre otra que proponía la realización de eliminatorias continentales, para determinar a los participantes en aquel concurso inicial.
Fue una competición mítica. Por ser la primera, en La Habana se dio cita lo que más valía y brillaba en el universo boxístico amateur de la época, junto a otro altísimo número de atrevidos aspirantes procedentes de todas las extensiones continentales del planeta.
Que Cuba ratificara el liderazgo alcanzado en Munich'72, con cinco medallas de oro, una de plata y dos de bronce, no resultó ninguna sorpresa. Ni tampoco que las posiciones dos y tres, por ese orden, las ocuparan la desaparecida Unión Soviética (2-2-4) y Estados Unidos (1-2-1).
Fue el Mundial de ídolos como el pesado (más de 81) cubano Teófilo Stevenson, tentado por entonces a sostener un muy esperado enfrentamiento con Mohammed Alí, y de eso ya se ha escrito bastante, así como de las trabas puestas por las autoridades cubanas para frustrar el duelo, por la "incompatibilidad del inhumano profesionalismo, y el humanismo del boxeo amateur (...)"
También brillaron en La Habana '74 el boricua Wilfredo Gómez (54 kilos), el célebre Bazooka que acabó con todos sus rivales y después reinó en el pugilismo de paga; el estadounidense Howard Davis (57), el ugandés Ayub Kalule (63.5), el soviético Vasili Solomin (60) y el yugoslavo Mate Parlov (81).
Es sólo una muestra de todo el pintoresco cuadro que ofreció el I Campeonato Mundial de Boxeo Amateur.
Por eso, en medio de todo ese esplendor sería imperdonable no mencionar a aquellos dos minimoscas centroamericanos, el tico González y el salvadoreño Cañizales, protagonistas de la primera pelea de aquel inolvidable acontecimiento deportivo.